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Durante casi dos décadas, Enrique Pardo ha dedicado su vida a ayudar a los jóvenes a evitar los mismos caminos que él mismo recorrió en su día. A sus 73 años, mientras se prepara para jubilarse del equipo «Communities Partnering 4 Peace» (CP4P) del Southwest Organizing Project, Enrique reflexiona sobre un recorrido marcado por las dificultades, la transformación y la firme convicción de que las personas merecen una segunda oportunidad.
Nacido en La Habana, Enrique pasó sus primeros años de infancia en Cuba antes de emigrar a Estados Unidos a los 14 años con su madre y sus hermanos. Su familia se instaló primero en Detroit, antes de que Enrique se trasladara a Nueva York para vivir con su padre. En 1970 llegó a Chicago, la ciudad que, según él, marcó de verdad el inicio de su historia.
Llegar a Estados Unidos siendo adolescente y sin un buen dominio del inglés le hizo sentirse aislado. Enrique recuerda entrar en las aulas, donde la barrera del idioma le hacía sentirse desconectado y desanimado. En un momento dado, se encontró sentado entre niños mucho más pequeños que él, ya que en aquella época los programas de educación bilingüe no estaban muy extendidos.
«Me hacía sentir mal», recuerda Enrique. «Mi autoestima se vio afectada porque no podía comunicarme».
Al igual que muchos jóvenes que buscan un lugar al que pertenecer, Enrique se sintió atraído por compañeros que hablaban su idioma y comprendían sus experiencias. Las calles se convirtieron en un lugar donde aprendió inglés, pero también le expusieron a entornos e influencias que, con el tiempo, le llevaron a tener problemas con la justicia.
Tras cumplir 32 años de prisión, Enrique salió en libertad en enero de 2008. Pero mucho antes de recuperar su libertad, ya había empezado a dar un giro a su vida.
Durante su estancia en prisión, Enrique veía cómo llegaban jóvenes que cargaban con el mismo dolor, la misma confusión y la misma desesperanza que él mismo había sentido en su día. Ver reflejadas en ellos partes de su propia historia le resultaba muy duro. En lugar de aceptar ese círculo vicioso, decidió intervenir.
Junto con otras personas, Enrique ayudó a crear el Comité de Cultura Latina, una iniciativa de base dentro del sistema penitenciario que animaba a los reclusos más jóvenes a reconectar con su cultura, seguir formándose y marcarse metas. Lo que comenzó como un programa de mentores se convirtió rápidamente en algo mucho más grande.
«Es parecido al trabajo que hago ahora, pero entonces no era oficial», dijo Enrique.
El grupo creó incentivos para la educación, reuniendo fondos para premiar a los jóvenes que obtuvieran el GED o se matricularan en cursos universitarios. Enrique creía que la educación podía suponer un punto de inflexión para aquellas personas a las que nunca se les había animado a vislumbrar nuevas posibilidades para sí mismas.
Al mismo tiempo, Enrique estaba transformando su propia vida gracias al aprendizaje. Obtuvo el GED, mejoró su nivel de inglés y comenzó a cursar asignaturas universitarias. Finalmente, se licenció en tecnología de la construcción, artes culinarias y estudios generales.
«Durante años formé parte del problema», dijo Enrique. «En los últimos 18 años, he intentado formar parte de la solución».
Tras su puesta en libertad, Enrique se incorporó a CeaseFire en la zona de Humboldt Park, donde trabajó ayudando a las personas a conseguir vivienda, transporte, ropa y otros artículos de primera necesidad para recuperar la estabilidad. Años más tarde, tras dirigir durante un breve periodo de tiempo su propio negocio de grúas en Indiana, Enrique recibió una llamada de Rafi Peterson y Mustafa, en la que le preguntaban si quería unirse al programa de intervención contra la violencia comunitaria de SWOP.
Dijo que sí sin dudarlo. Durante los últimos seis años en el Southwest Organizing Project, Enrique ha desempeñado las funciones de agente de divulgación y gestor de casos, aprovechando sus propias experiencias para conectar con los participantes de una forma que no se puede enseñar en un aula.
«Cuando llegué, había muchos jóvenes que necesitaban orientación», dijo. «Me siento satisfecho con el trabajo que hago. SWOP es una de las principales organizaciones de CP4P y ha sido una experiencia muy gratificante».
Enrique describe su enfoque como honesto y profundamente personal. Cuando habla con jóvenes o con personas que regresan a casa tras cumplir una condena, suele compartir lo que él llama su «confesión»: habla abiertamente de su pasado con la esperanza de que alguien que le escuche pueda elegir un futuro diferente.
«Quiero que las personas se reincorporen a la sociedad», explicó. «Sé por experiencia propia lo difícil que es. Hay gente que pasa tanto tiempo en la cárcel que les cuesta adaptarse a la propia libertad».
Aunque se acerca su jubilación el 30 de junio, Enrique afirma que aún no ha terminado de servir a su comunidad. Junto a Calvin Brown, subdirector de programas de CP4P para SWOP,
Enrique espera contribuir a la puesta en marcha de un programa de reinserción destinado a apoyar a las personas que han cumplido condena en su proceso de reintegración en la sociedad.
Él cree que esta labor es necesaria porque hay demasiados jóvenes que se sienten atrapados por su entorno y convencidos de que no tienen alternativas.
«Necesitan orientación y modelos positivos a seguir», dijo Enrique. «A veces sienten que no tienen otra opción y quiero acabar con esa idea errónea».
Para Enrique, el trabajo de intervención contra la violencia no consiste en juzgar. Se trata de comprender, de ser constante y de acercarse a las personas tal y como son.
«Nunca se sabe a quién le estás cambiando la vida para mejor», dijo. «Aunque solo ayude a un joven, me siento bien por haberlo hecho».
Mientras se prepara para la jubilación, Enrique siente a la vez orgullo y reflexión. Admite los errores que marcaron su pasado, pero también reconoce que esas experiencias le han dado la capacidad de ayudar a otros a encontrar un camino diferente hacia el futuro.
«He hecho todo lo que he podido mientras trabajaba en la comunidad», dijo Enrique. «No me arrepiento de nada, salvo de aquello que me llevó a seguir este camino en un principio. Pero esa experiencia me ayudó a mejorar como persona y a animar a otros a que también lo hicieran, para que no repitieran los mismos pasos que yo di. Eso es lo que me sigue impulsando».
Para Enrique Pardo, el trabajo nunca ha sido simplemente un empleo. Ha sido una labor que le ha llegado al corazón, basada en la responsabilidad, la sanación y la convicción de que toda persona merece la oportunidad de ser algo más que su peor error.